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La Candelaria: el corazón histórico de Bogotá
En el costado centro-oriental de Bogotá, recostado sobre las estribaciones de los cerros orientales, se extiende un puñado de calles empedradas que guardan casi cinco siglos de historia: La Candelaria. Aquí nació la ciudad, aquí se decidió buena parte del destino político de Colombia y aquí, hoy en día, conviven estudiantes, artistas, funcionarios públicos y viajeros de todo el mundo en un mismo tejido urbano que no ha dejado de latir desde el siglo XVI.
Un territorio con raíces muiscas
Mucho antes de que cualquier español pisara la sabana bogotana, este territorio ya estaba habitado. Formaba parte de los dominios de la confederación muisca, un pueblo que había construido aquí, entre montañas y quebradas, una organización social y espiritual propia. La memoria de ese pasado indígena sigue presente en el nombre de sitios cercanos y en el trazado mismo del terreno, marcado por los cerros de Monserrate y Guadalupe, que sirvieron como referencia natural para todo lo que vendría después.
La fundación de una ciudad
El 6 de agosto de 1538, el conquistador Gonzalo Jiménez de Quesada estableció un campamento a los pies de estos cerros y levantó doce chozas de paja alrededor de lo que hoy se conoce como el Chorro de Quevedo, un rincón que muchos historiadores señalan como el punto exacto donde nació Santafé de Bogotá. Ese mismo día se erigió también la primera capilla del asentamiento, un hecho simbólico que marcaría para siempre la identidad del lugar. La ciudad creció rápidamente alrededor de la actual Plaza de Bolívar, que durante la Colonia funcionó como el centro político, religioso y comercial de todo el Nuevo Reino de Granada.
El origen del nombre
El nombre “La Candelaria” no llegó de inmediato. A mediados del siglo XVII, en 1654, un grupo de frailes recoletos agustinos se instaló algunas cuadras al norte de la catedral y fundó un hospicio dedicado a Nuestra Señora de la Candelaria. Ese primer intento fue demolido por orden de la Real Audiencia años más tarde, pero la comunidad religiosa insistió y, hacia 1684, obtuvo licencia real para reconstruir su convento e iglesia, esta vez con el respaldo económico de vecinos y del arzobispado. La devoción y la solemnidad de los oficios religiosos que allí se celebraban atrajeron a numerosas familias, que fueron asentándose alrededor del templo. Fue así como el sector completo terminó adoptando el nombre de su santa patrona, convirtiéndose en el barrio de La Candelaria.
De barrio colonial a localidad número 17
Durante la Colonia y buena parte del siglo XIX, La Candelaria fue el barrio de la élite: aquí vivieron virreyes, comerciantes acaudalados y descendientes de los conquistadores, quienes construyeron las grandes casonas de balcones tallados, patios interiores y aleros de madera que todavía hoy definen el paisaje del sector. Con el paso del tiempo, y especialmente entre finales del siglo XIX y comienzos del XX, muchas de esas familias se trasladaron hacia el norte de la ciudad en busca de barrios más modernos, y el sector entró en un período de deterioro. No fue sino hasta la década de 1940 cuando comenzaron los primeros esfuerzos serios de restauración, un proceso que se ha mantenido y fortalecido en las décadas siguientes hasta convertir a La Candelaria en el centro histórico protegido que conocemos hoy.
Actualmente, La Candelaria es la localidad número 17 de Bogotá y, con apenas 184 hectáreas, es también la más pequeña de las veinte que conforman la ciudad. Su territorio no tiene zona rural: está enteramente dedicado a la vida urbana, cultural e institucional. La localidad agrupa barrios tradicionales como La Catedral, Las Aguas, La Concordia, Santa Bárbara, Belén, Egipto y el sector del Centro Administrativo, cada uno con su propio carácter, pero unidos por el mismo trazado colonial de calles angostas y empedradas.
El epicentro cultural de Colombia
Pocas zonas en el país concentran tanta vida cultural en tan poco espacio. En La Candelaria funcionan cerca de 500 instituciones y espacios dedicados al arte, entre museos, teatros, bibliotecas, galerías y centros de investigación. Aquí se encuentran el Museo del Oro, el Museo Botero, el Palacio de San Carlos, la Casa de la Moneda, el Museo Militar y la Quinta de Bolívar, antigua residencia del Libertador. La Biblioteca Luis Ángel Arango, una de las más visitadas de todo el continente, también tiene su sede en estas calles, al igual que teatros históricos como el Teatro Colón, el Teatro La Candelaria y el Teatro Jorge Eliécer Gaitán.
El barrio es además sede de algunas de las universidades más reconocidas del país, como la Universidad de los Andes, la Universidad Externado de Colombia y la Universidad La Salle, lo que explica el ambiente joven y bohemio que se respira en sus calles, especialmente alrededor de la Calle 10 y el Chorro de Quevedo, punto de encuentro tradicional de estudiantes y artistas callejeros.
Arquitectura que atraviesa los siglos
Caminar por La Candelaria es también un recorrido arquitectónico. Conviven aquí construcciones coloniales de tapia y teja de barro, edificaciones republicanas de finales del siglo XIX, y algunas intervenciones modernas que se integraron respetando la escala del barrio. La Catedral Primada, la Iglesia de San Francisco, el Palacio Liévano (sede de la Alcaldía Mayor de Bogotá) y el Capitolio Nacional, sobre la Plaza de Bolívar, son testigos silenciosos de los momentos más determinantes de la historia colombiana, desde la independencia hasta la vida republicana contemporánea.
Un barrio vivo
Lo que hace único a La Candelaria no es solo su pasado, sino la manera en que ese pasado sigue habitándose. En sus calles conviven hoy los altos funcionarios del Estado, que trabajan a pocos metros de la Plaza de Bolívar, con los vendedores ambulantes, los artistas independientes y los vecinos de toda la vida que aún ocupan las casas familiares. Esa mezcla entre memoria histórica y vida cotidiana convierte a La Candelaria en mucho más que un destino turístico: es, sin exagerar, el lugar donde Bogotá puede mirarse a sí misma y reconocer de dónde viene.
La Candelaria hoy: arte urbano, sabores y vida de barrio
El lienzo a cielo abierto del arte urbano
Si las iglesias y los museos cuentan la historia colonial de La Candelaria, sus muros cuentan la historia contemporánea. Bogotá es hoy una de las capitales del graffiti en América Latina, y buena parte de esa reputación se construyó precisamente en estas calles. El Callejón del Embudo, que nace en la Plaza del Chorro de Quevedo, concentra algunas de las intervenciones más fotografiadas de la ciudad: rostros indígenas de gran formato, figuras políticas reinterpretadas y piezas de artistas como Guache, DJ Lu, Toxicómano o Lesivo conviven en una galería que cambia constantemente, porque una de las reglas no escritas del barrio es que ningún mural es eterno. Lejos de perseguirse como vandalismo, el arte urbano en La Candelaria cuenta con el respaldo de propietarios, colectivos y de la propia administración distrital, que reconoce estos murales como parte del atractivo cultural de la localidad. Recorrer estas paredes es, en cierto modo, leer una crónica visual del país: identidad indígena, memoria del conflicto, crítica social y humor conviven en un mismo trazo de aerosol.
Sabores que resumen a Colombia
La oferta gastronómica de La Candelaria es tan diversa como su historia. En un radio de pocas cuadras es posible desayunar changua y tamal en una fonda tradicional, almorzar un ajiaco santafereño en un restaurante centenario, y terminar el día en un café de especialidad regentado por una nueva generación de baristas bogotanos. El mercado de La Concordia, con sus puestos de frutas exóticas, es parada obligada para quienes quieren entender la despensa colombiana de un vistazo, mientras que los alrededores de la Plaza de los Periodistas concentran una escena creciente de cafés, cervecerías artesanales y restaurantes que mezclan cocina tradicional con propuestas contemporáneas. No es casual que buena parte de los recorridos gastronómicos que se ofrecen en Bogotá tengan su punto de partida o su corazón en este barrio: aquí se puede probar, en una sola tarde, un espectro casi completo de la cocina colombiana.
Entre el poder y la bohemia
Pocos lugares en el mundo condensan en tan pocas cuadras dos atmósferas tan distintas. Por un lado, La Candelaria alberga las sedes del poder institucional: la Presidencia de la República, la Alcaldía Mayor, el Congreso y la Corte Suprema de Justicia se ubican alrededor de la Plaza de Bolívar, convirtiendo esta zona en el epicentro político de Colombia. A pocas cuadras de allí, sin embargo, la Plaza del Chorro de Quevedo cambia por completo de registro: música en vivo, artesanos, estudiantes universitarios y viajeros mochileros se reúnen al atardecer alrededor de la chicha, la bebida fermentada de maíz que los muiscas ya consumían siglos atrás. Esa convivencia entre la formalidad institucional y la bohemia callejera es, quizás, la mejor definición posible del carácter de La Candelaria.
Cómo vivir el barrio
La Candelaria se recorre mejor a pie: sus calles empedradas y su topografía inclinada, que sube hacia los cerros orientales, premian a quien camina despacio y se detiene en cada esquina. Los recorridos guiados —históricos, de arte urbano o gastronómicos— son una excelente puerta de entrada para quienes visitan el barrio por primera vez, aunque perderse sin rumbo por sus callejones sigue siendo, para muchos, la experiencia más auténtica. De día, el barrio vibra con la actividad de oficinistas, turistas y estudiantes; de noche, especialmente los fines de semana, se transforma en uno de los epicentros de la vida cultural y musical de Bogotá, con teatros, bares y espacios independientes que mantienen viva la tradición de un barrio que nunca ha dejado de reinventarse sin perder su memoria.






















